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Desde mi infierno

Como en todos los versos anteriores

Como en todos los versos anteriores

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Presagio

 

Buscas una respuesta escrita en todas

las soledades brunas, letras sucias

de barros de dolor en duelos áridos

que atoran con palabras todo cauce

que antaño el pensamiento cavó desalentado

impidiendo que viertas la criatura

que brota de tu mente en el poema

en el que escindes, el que sigues siendo

ahora.

             Todo tú lo poesías

oscureciendo lo que sientes dentro

de tu propia tristeza, la que sigues

dando cuando me das  la soledad

que tanto me sustenta escrita aquí,

la que me hace que forme parte de ella,

en la que vivo y soy cuando se para

el tiempo que ha pasado y ya no existe;

cada verso que escribes.

                                             Todo tú

lo poesías de simientes yermas

que han tornado a cipreses con tu esmero

creándote tu propio cementerio

donde esparcir ceniza al cenotafio

del que no formas parte.

                                          Ahora todo

reverdece de vida iluminada

con la luz que te entrego en versos libres

de oscuridades inventadas, claros

en tu conciencia, para no existir

salvo dentro de ti y de nadie más.

                

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Y yo, que soy inocente

Y yo, que soy inocente

 

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Mentiras

 

Todo es mentira alrededor de mí.

 

Ahora que las sombras me derrotan,

que se han borrado todas mis palabras,

mi mesa, mentirosa como un preso

que se sabe culpable y que proclama

su inocencia, me miente con cenizas;

      

mi lápiz, con palabras para nadie;

   

y los papeles, cómplices de engaño,

con no ser yo el que escribe mis poemas

sino el que está viviéndolos.

                             

                                                  Mentiras.

                               

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Refugiado en mi olvido

Refugiado en mi olvido

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El tiempo de papel

 

Nunca creí que alguna vez pudiera

odiar un libro. Más que me obstiné

en convencerme que era el paso cruel

de mi tiempo –que va apagando fuerzas

propias de juventud-, por más que quise

derramar mis recuerdos como gotas

sobre papeles rotos e inservibles,

por más intentos por estar en paz

con mi muerte, esperándola desnudo

e inmerso en llantos –tal y como vine-,

por más que lo acuné entre las cadencias

que envolví con palabras propias, más

que quise que lo amaran como yo

lo amé sin darme cuenta de que no era

susceptible de ser amado hasta ahora,

un libro donde el tiempo fue hemorragia

de lo que quiero prescindir de mí,

donde aparezco igual que en el espejo

que refleja la imagen luminosa

de aquello que desdeño ser, la parte

de mí en donde no quiero estar, mi miedo

escrito con la tinta que mi tiempo

me otorga; un libro mudo y quieto, en blanco,

lleno de nada y duelos e ilusiones

que ansiaba compartir; un libro muerto

antes de que naciera, que recoge

lo que soy cuando escribo, nuestras nadas

compartidas con nadie; inexistente.

Nunca creí que alguna vez pudiera

odiar un libro usando poesía,

el que me hace sentir abandonado,

lleno de soledades inventadas,

de humos de lo que fui, de lo que soy.

Ahora, arrepentido, sé que nunca

tuve que haberlo escrito, que tenía

que haber dejado al tiempo que pasara

de largo ante el papel que me define

y seguir refugiado aquí, en mi olvido.

                            

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Dentro de ti me busco

Dentro de ti me busco

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Entre los dos castigos

Ahora me dirás de mi abandono,
me hablarás del transcurso de mi miedo
a través de los cauces de mi vida
gastada, y me dirás que en el brevísimo
espacio de un descanso no has podido
entregarme los dos o tres poemas
de flores que a los pies de mi ventana
dejaste, ahora ya marchitos, secos
ramos de versos muertos por el hambre.

Ahora me dirás de infiel, que voy
y vengo a mi silencio y no te aviso,
que no sabes del cuándo de mi vuelta,
ni tan siquiera si la habrá o si no,
que me llevé mi tiempo envuelto en nada
en lugar de mi libro de tristeza;
y eso te asusta, te levanta el miedo
de carecer de manos que te escriban.

Dirás que abandoné la mesa grande
donde solíamos hacer poemas
entre una multitud de libros viejos,
que el folio sigue en blanco y se ha enfriado
la tinta ardiente de la pluma. Ahora
dirás que desperdicio vientos grises
en empujar las velas de la balsa
que con palabras he construido en vez
de utilizarlos para oscurecer
lo que siento y que lloro, lo que escribo.

Y no dirás que sabes la respuesta
a la irrealidad que me define
y en la que ando indagando desde siempre
por su mar, por su arena, por sus vientos
de tinta, donde no hay respuestas a
de dónde son mis versos, dónde estoy
cuando escribo, por qué esta absurda búsqueda
en saudad de tristeza hallando nada,
qué poesía busco, qué palabras.

Dirás y no dirás las cosas de antes
mientras yo te sonrío levemente.  
Son el castigo de sentirte siempre
como te siento y el de no escribir
lo que hacen que te elija a ti de nuevo
ahora que he sufrido ya los dos.

                    
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El último capuzón

El último capuzón

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Alegoría gris

 

 

Todos tenemos un infierno propio

de donde brota la tristeza; un mundo

de papeles quemados en lugar

de brasas encendidos con la brea

de este mar de ceniza gris poema

que mis manos de acróbata sostienen,

donde se hunde mi barco, donde me hundo,

sin remedio, sin nada salvo un lápiz

que me vaya ayudando en toda mi huida;

un lugar imposible donde encuentro

demasiados poemas sobre versos

y demasiados versos de poemas

con forma de árboles o flores secas;

un mundo iluminado por el tiempo,

cuyas sombras son frases que provienen

de unos labios ocultos tras los pliegues

sueltos de una cortina leve de humo

que se sabe que se halla diluyéndose;

donde el único canto es de sirenas,

como el que acabas de leer, el mío;

y al que jamás querría regresar.

                   

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Esperando que caigan versos de agua

Esperando que caigan versos de agua

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El miedo a veces

              

Es tanto el miedo que le tengo a veces

 a la mesa de mar donde navego;

 a esa silla que sólo sienta insomnios;

al albor del papel vacío y falto

de palabras que no oigo y que me digo,

a las que aquí me escribo; a los poemas

en que me doy, en los que escindo, y soy;

a los ojos cerrados que comprenden

las palabras que no me digo y que oigo;

a la muerte olvidada; a esta niebla

de escribir poesía, a esta forma

distinta de rezarle al dios en que uno

consiste, al dios que a solas todos somos;

a esa raíz que agarra de por vida

en la parcela que mi infierno asigna

a mis manos –que son las que me lloran-

del jazmín cuyas flores son de espinas

esparciendo metáforas del tiempo

disfrazadas de aroma al aire turbio,

contaminado de algo que es creado;

y a mi adentro.

                            Y a todo lo de afuera.

 

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El cielo es el espejo del infierno...

El cielo es el espejo del infierno...

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El peso de mis nubes grises

 

Así no. Mi agua es otra. Mi agua no es

como la lluvia impropia pero intensa

que en primavera reverdece el campo,

que limpia el aire, enciende el cielo oscuro

de azules claros, trae el iris mágico

de la infancia que asoma en mi conciencia;

que alivia el peso de mis nubes grises.

 

No es ésta mi agua. Mi agua nunca cae

si no es de adentro, es niebla rezumada,

y anega la esperanza con tristezas

que mi tiempo derrama en prados yermos;

espesa el aire sujetando al viento;

y, en el infierno, apaga con la noche

todo atisbo de luz; me trae la muerte.

Y alivia el peso de mis nubes grises.

                                      

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Cuando la tarde se vistió de noche

Cuando la tarde se vistió de noche

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Aún en el después

 

“Tu paraíso no era verdadero.

Había árboles prohibidos."

 

Heinrich Heine.

 

Yo fui romántico una vez tan sólo

en la vida; con lluvia -por supuesto- 

y adoquines mojados como espejos 

reflejando la luz de una farola 

y el amarillo amargo de unos ojos 

clavados en el suelo por el peso 

del desamor; en ese corto instante 

en que la tarde va buscando un traje 

de noche que ponerse, fui romántico 

en mi vida una vez tan sólo. Ni antes 

siquiera, siendo nada, me sentí 

romántico. Duró la leve tarde 

veleidosa de un breve libro abierto 

que me hizo comprender que el paraíso 

no es tal si crecen árboles prohibidos. 

 

Después, ya no. Después, sincero en ti 

y en lo que escribo y siento, manteniéndome 

oculto tras el cortinaje espeso  

de la modesta soledad -tan mía- 

inventada que tengo por mi infierno.

                       

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Con o sin poesía, elige tú

Con o sin poesía, elige tú

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Buscando en cuál quedarme

  

Tan fácil es morir estando vivo

que de todas las formas que hay de hacerlo,

hace tiempo, elegí la poesía.

              

Así, ando recorriendo soledades

llevado por mis versos

buscando en cuál quedarme 

                                                   -somos solos-.

     

Guardo en mis manos las templadas aguas

por donde he navegado en sucesivos

falsos sueños –así mi tiempo mido-.

Considero las letras que han pasado

fracasos; aunque siempre he preferido

-y lo intento- escribir hacia delante

para ver hacia dónde van mis versos,

dónde me llevan, qué silencios guardan

que aún no veo, 

                              qué de mí me ocultan.

                

Todo el silencio me rodea ahora;

volcarlo ya me cuesta; no es como antes.

Prisas y pasos cada vez más lentos

como en la vida misma, que se acaba.

                   

Pura consumición, la soledad,

con o sin poesía. 

                               -Ahora, elige-.

                

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Déjame en mi silencio

Déjame en mi silencio

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La noche sin embargo

   

Sin embargo, yo siempre me he sentido

seguro al contemplar la noche. Nunca

la he temido (como él, que nada tiene

que temer), como el que es consciente que es

nada y que casi nada tiene salvo

palabras para nadie. Lo que sobra,

si es que algo sobra en mí, con escribirlo

en un papel me basta. Y otro miedo

menos en mí. Mis miedos en papeles

no me asustan. Distinto sí es que sea

la noche la que en mí me escriba dándome

su miedo, que con forma de silencio

va llenando el vacío con mi voz. 

     

Y temes. Es entonces cuando temes,

porque conoces su lamento amargo,

el que va dirigiendo aquí mi mano.

        

Temes porque este llanto escrito duele.

        

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Billete no del Banco al dorso escrito

Billete no del Banco al dorso escrito

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Huellas en el cajón

 

No se puede contar de otra manera,

sobre todo si no hay lenguaje o forma

con las palabras que poderse darse

pueda. Por eso busco en mí metáforas

que me salven del frío de esta espera

tomada mientras busco la belleza.

No es posible contarlo de otra forma

porque no hay nada bello en describir

lo que te ves en ti en tan corto espacio

de tiempo. Cuando digo que son huellas

los poemas que escribo estoy diciendo

exactamente eso: que son huellas

que voy borrando con mi triste viento.

 

Tengo un cajón de huellas lleno, escritas

con letras de poemas, con poemas

y con el miedo justo de saber

del impasible paso de mi tiempo.

                       

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Flash-back (o analepsis, que llaman ahora)

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 La crónica lacónica

  

Y es que ya no se puede ni leer  

 

 ni escribir poesía mientras -lejos 

de terminada la jornada dura

de la asistencia a clases magistrales,

en la Universidad, llena de números

aún quedaba la ardua y solitaria

tarea de ir asimilando en ti

lo aprendido a lo largo

de toda la mañana

y alguna que otra tarde-,

esperas que, a destiempo, llegues

tarde (como antes ocurría) a tu destino;

porque ahora los trenes son puntuales.  

              

Aquellas medias horas, u horas, u horas

y media de retraso, en la ventana

silenciosa del tren, proporcionaban

la elástica y teórica impotencia

(a veces tan bendita, dependiendo

de lo que en esos días Hierro hablase,

cantara Lorca, Luis

llorase desde Méjico,

navegara en su mar de arena Alberti,

o Cirlot u Ory o Grande,

del otro lado oscuro de la pena

-de la irrealidad-, la luz trajesen)

necesaria para entender que el tiempo

que pasa ya ha dejado de existir

en ti, y que sólo quedan

vacíos o pragmáticas palabras

que en verdad no servían para nada

salvo para buscarte. Y encontrarte.

                  

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En mi propio patíbulo

En mi propio patíbulo

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Reo de poesía 


“Unos ojos que no conozco observan.

 Sé que son de mujer. Eso  lo sé.” 

 

Una vez ordenado el cumplimiento

 de la sentencia, resignado e ido,

 lentamente me voy quitando versos

 de encima. Empiezo oyendo –como ausente-

el terrible redoble del tambor

que acompaña al verdugo en su quehacer.

El son me tranquiliza; no le temo;

encuentro amparo en el rumor funesto

al que se abrazan mis palabras breves,

entrecortadas por el llanto agónico

que de ellas brota. No de mí. No siento

ya ni miedos ni duelos. Sólo siento

lástima del poema abandonado

encima del tablero del cadalso

que, con mis manos, he ido construyendo. 

          

Súbitamente todo calla. Ya

no me quedan más versos que quitarme. 

             

Héteme aquí desnudo, despojado

del abrigo que en mí la poesía

ha sido. Ni el silencio me acompaña.

Solo ante la inclemente soledad

me encuentro.

                          Y es entonces cuando empiezo

a buscarme, a cubrirme con mi manto

de tormenta; a temblar; llorar.

                                                    Y escribo.

13-III-1526

                       

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No hay herejía si hay apostasía

No hay herejía si hay apostasía

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Pecado de soberbia

Convirtió en vino el agua; milagroso

dicen. Prueba mis lágrimas; verás

cuán sencillo es crear el más amargo

de los vinos usando, solo, mi agua.

                        

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Con los ojos color madrugada

Con los ojos color madrugada

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En los años que ya no tengo

En los años que ya no tengo encuentro

esperas encendidas en papeles;

versos como camisas que ponerle

a mi tristeza; y madrugadas de humo.

Encuentro en lágrimas llorados versos

como cipreses; labios que han besado

la arena; y unos ojos carmesíes

buscando siempre dentro de una rosa

los veneros que lleven al lugar

donde ni sombra tenga. Poesía

es lo único que encuentro si desando

lo que ha sido vivido en estos años

que ya no tengo. Y madrugadas de humo.

                     

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Mi cuna

Mi cuna

  

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Madrugada en la playa de Tarifa 

Hay voces que ni puedo describir:

la muda de la mar del ahogado,

la que gritan los ojos ante el hambre,

la que clama en la sed, la de la sangre

vertida, la del tiempo detenido,

la que por dentro tanto me pregunta

por qué te sigo amando tanto; tanto.

                             

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Buscando, siempre buscando...

Buscando, siempre buscando...

      

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El camino más  largo

I

(Lo pensado y sentido)

 


De mis manos bebieron mi tristeza

los pájaros. Sembré de asombro versos

que acallaron sus cantos. Me entretuve

en las flores que vi color amargo.

 

Ya no tiene remedio, me deshago

en harapos. El punto sin retorno

ya lo he sobrepasado. No debí

haber seguido este sendero aciago,

ni inventado poemas con lo que he

derramado. Y, ahora sin aliento,

ahora dime qué hago con mi tiempo

invertido; cansado; y agotado.

 

II

(Lo cantado y gastado)


De mis manos bebieron

mi tristeza los pájaros.

Sembré de asombro versos

que acallaron sus cantos.

Me entretuve en las flores

que vi color amargo.

 

Ya no tiene remedio,

me deshago en harapos.

El punto sin retorno

ya lo he sobrepasado.

No debí haber seguido

este sendero aciago,

ni inventado poemas

con lo que he derramado.

Y, ahora sin aliento,

ahora dime qué hago

con mi tiempo invertido;

cansado; y agotado.

 

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Nadie eres tú

Nadie eres tú

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Tres hojas

 

                                 

“...una hoja cuya rama no existe..."
Luis Cernuda 


 

Ser una hoja que cae de una rama

que no existe, que lenta va buscando

un suelo fugitivo, y observada

por unos ojos que no ven. O ser

una hoja transparentemente escrita

con versos emanados desde adentro,

de un libro que no existe del poeta

que me inventa -o que tal vez yo me invento-.

O ser la hoja afilada del alfanje

que me cercena en llantos los sentidos

convertida en el lápiz de las lágrimas

que conmueven calladamente a nadie.

                            

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No me pienses. No me sientas...

No me pienses. No me sientas...

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Casandra

   

"...Escribamos hileras de versos bien pautados

y, de pronto, uno torpe, mal medido,

como si fuera un descuido..."

Gabriel Celaya 


La poesía fue dolor adentro

y heridas en la punta de los dedos

de tanto darle nombre a las palabras.

Después derrota y rumbo al eco azul

de unas voces que nunca me abrigaron,

deviniendo a mi pérdida en mi sueño.

A veces campos de amapolas grises

sobre el cantil del miedo soleado;

otras, pétalos secos de la flor

que la melancolía me deshoja,

con sus manos de otoño, en primavera.

Bajo esta fría espera de cemento,

pese a su compañía, desamparo

derramado de entre mis labios trémulos

en mi propio desierto de ceniza.

Y hoy, desaliento en soledad descrito

en  poemas que nunca serán nada.

                                      

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Silencio soy

Silencio soy

 

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Debajo de este instante 

Debajo de este instante siento el peso

 de una tormenta que me lleva a puerto

equivocado –no se puede el tiempo

medir ni en meses ni estaciones ni años

sino en tormentas de tormentos blancos-.

Con mis manos de barro tierno alzadas

intento sostenerla en vano. Nada

puede evitar que se me vierta encima

cegando a mis palabras con el cieno

que en mi silencio el tiempo ha transformado.

Y es que el tiempo me pesa al encerrarme

entre mis propios labios tan turbados.

Silencio soy, palabras desleídas

de mis manos.

                           Después vendrá la calma;

la forma con la forma de contar

lo que aún no ha pasado; y mi descanso.

                                   

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