Se muestran los artículos pertenecientes al tema Irrealismo II.
Mundos paralelos

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Mi mantel
Tengo el mantel tan lleno de palabras
que las manchadas por el cerco añil
del vino es ya un poema. "...amor, seroja,
lágrima, soledad..."
El paso de mi vida es mi mantel;
y un amigo; y clepsidra; y mi sudario.
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Me derramé de tu mano, como agua que soy...

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De la mano de Némesis
"Tabla votiva ofrezco a su memoria,
¡triste! que indigno soy de toda gloria."
Rodrigo Caro
No comprendía, de pequeño, cómo,
simplemente excavando, con sus calles
y sus casas podía un pueblo antiguo
surgir del suelo, así, sin más, sacando
arena en cada pala; hasta que supe
que no era tierra sino tiempo muerto
lo que con tiempo a cubos se sacaba.
Forma de estatuas damos siempre al tiempo,
piedras de arte que sirven de veneros
y camino a través de lo que fuimos.
Llorar sonrisas, darle forma al agua,
perderme en mí por culpa de una rosa,
en papeles -o pétalos: efímeros-
son estatuas de mero barro tierno
expuestas a la lluvia en que consisto
que se pierden igual que yo me pierdo
en hojas, en palabras, en silencios.
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Cubierto con mi manto de tormenta

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Un hombre y un poema
Quita lo escrito, aleja las palabras
que la voz de mis manos derrotaron
y a este papel trajeron; y mis pasos,
mis pasos resonando en las estancias
vacías que dejé entre las estrofas
del silencio. Disuelve los cimientos
que sustenta mi propio acento gris.
Y verás que tan sólo queda un hombre
sosteniendo, como agua, entre sus dedos
este poema azul que aún no sabe
-pero que ya comprende- componerlo.
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Mis manos que no ocultan nada

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Coda
Para ti no tendré secreto alguno.
Canto con lo que tengo: azul mi voz,
acento de ceniza y son antiguo.
Desde este mar anciano escribo lleno
de edad que da licencia a mi mirada,
siempre cautiva al suelo que no veo,
para ser enturbiada con las lágrimas
que no me quedan, voluntariamente,
sin yo quererlo, y que de tanto tiempo
como llevo perdido abajo, siempre
viendo los pies que me andan, miro adentro.
Allí sí veo el tiempo regresado
que aquí te traigo envuelto en la tristeza
de papeles vacíos de palabras,
de los verbos que soy; tiempo invertido
del que extraigo sosiego y calma trémula.
Tan sólo un adjetivo no encontrado
(mi perpetua condena) me define
y que obstinado busco en mí; perdido
en un mar de metáforas indago
y todo es para nada. Todo arena
que cae de entre mis manos. Lento me hundo
sin remedio en el miedo que me abriga,
en la certeza rota por las voces
con las que cubro y tapo incertidumbres.
Sólo queda mi aliento usado, aquí,
enredado en los versos que te entrego
por si sirvieran de algo. Mientras, sigo
buscando, mareando. Tan perdido.
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Símbolo clarísimo de la cárcel abierta que me encierra.

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Agorafobia
"Mi alma es la ventana donde muero."
Juan Eduardo Cirlot.
Es la ventana, mi alma donde muero
con pasión galilea. Mi alma menos
mi humilde estancia abierta por mis libros
y para mí tan ataúd oscuro
en donde yago en soledad suicida.
Debo de estar tan cerca cuando escribo
del mar y la mujer andando, sola,
que pienso y muerdo el polvo, arrepentido
de haber salido fuera del poema
que te entrego, en la lengua que no es mía,
tan conocido, tan sencillo y jondo,
unas simples palabras que me ocultan,
muro de incertidumbre que me abriga
y no es más que por eso porque escribo.
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Y hubo luz. Tarde, pero hubo.

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La luz
La que todas las cosas me hace ver
(aunque a veces me ciega), fulgurante
siempre, esa luz no digo. Me refiero
a la que alumbra en la palabra,
la que se haya encendida dentro de ella,
la que anuncia tan suave que he seguido
el camino que lleva a lo que soy;
la luz medida, gálibo de mí.
Luz de luz que ilumina mis insomnios
tremendos y transforma en esta arena
que esparzo en mí las horas más oscuras.
Siempre callada, siempre oculta, salta
en mi mente, cual chispa, en soledad.
Esta luz es culpable de que gaste folios
de agua, papeles para nada, mudos
e ignorados -¿me alumbra sólo a mí?-.
Prende mis versos con mi propio acento
en balde. Pero no me quejo, no.
Sin ella, la lucerna en que consisto,
este fanal que me define, yo,
-que no soy más que lo que escribo aquí-
sería aún más nada. Y no tendría
nada ningún sentido. O casi nada.
A ella me aferro con las pocas fuerzas
que un suspiro me da y, de forma tenue,
me permite decir lo que no digo.
Existe, sé que existe, allí en mi voz,
vestida de palabra; aquí, conmigo.
Sólo por eso aquí me escribo. Solo.
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Del árbol de la ciencia del bien y del mal.

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Manzanas rojas
Dame tú la agonía de la espera,
gota a gota, palabra tras palabra,
que yo pondré mi tiempo rezumado
en desorden perfecto, atado al péndulo
que asevera el regreso de lo sido
en mí, al de mi huida a sueños
que sirvan de refugio a mi letargo.
Dame tú la agonía del destiempo;
de estar desubicado al confundir
la palabra que busco tan despacio;
de perderme entre luces que me obligan
a mantener los párpados cerrados
-por eso es que mi voz es como arena
que cae por mis labios agrietados-.
Dame tú la agonía con palabras
que duermen en la larga espera elástica
y déjame inventar pasiones trémulas
cuando hagamos amor después de habernos
comido una manzana juntos.
Roja.
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Lo siento, Eco, lo siento...

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Narciso
Sé tantas cosas que hasta sé las cosas
que no sé y que en las aguas te transcribo.
Lentamente -si en aguas te transcribo-
las cuencas de mis manos me ayudaron
a beber la tristeza sorbo a sorbo
de la fuente de versos que frecuento
donde suelo aliviar la sed tremenda
que siento de belleza en la palabra.
Al sentirla en mis labios, súbitamente se abren
mis manos en flabelo derramándose aquello
que no sé en lo que sé.
Y así te escribo.
Y yo mismo me engaño con el sueño
que sentí; y que en las aguas queda escrito.
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Queda citado el engaño para hoy... perdón... quise decir el rebaño...

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Diado lunes pastoril
Ya vestida la mies de limpio, el agua
ordenada en sus nubes, suelto el viento,
sólo queda colgar sobre los cielos
mis cuervos de los lunes. -No te olvides
de traer tu sendero, tu derrota
y alguna que otra lágrima en tus ojos
que enturbie las siluetas- me decía
-para así confundirnos. Y entendernos-.
De qué lunes me estoy hablando; qué ojos
mirarán la tormenta que no cuento.
De qué pájaros me hablo; de qué cielos.
Todo para mentirme en un papel
que no es de nadie y nada va a salvar.
Los graznidos alegres de los grajos
vuelven al llanto cruel, al de sin lágrimas,
que abrigo con mis manos como arena
caliente -extraña sensación querer
sujetarme a mis propias manos, a ambas-
y amapolas que están siendo arrojadas
sobre el cadáver que me aguanta y teme,
que poco a poco cae encima, así,
lenta, como a mansalva, así de lenta.
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Grises. Pero juntas.

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Amapolas grises
Como el que en agua escribe,
con la tinta que soy
y usando versos que otros derramaron,
mis amapolas grises te describo
inventando palabras tan azules
que nadie -mas que tú en el folio en blanco
que fuiste- entiende. O no.
Y es que el papel vacío me permite
decir lo que mis manos, en ti, no te supieron.
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