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Desde mi infierno

Irrealismo VIII

Mundos paralelos

Mundos paralelos

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Mi mantel

Tengo el mantel tan lleno de palabras

que las manchadas por el cerco añil

del vino es ya un poema. "...amor, seroja,

lágrima, soledad..."

 

El paso de mi vida es mi mantel;

y un amigo; y clepsidra; y mi sudario.

 

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Me derramé de tu mano, como agua que soy...

Me derramé de tu mano, como agua que soy...

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De la mano de Némesis

"Tabla votiva ofrezco a su memoria,

¡triste! que indigno soy de toda gloria."

Rodrigo Caro


No comprendía, de pequeño, cómo,

simplemente excavando, con sus calles

y sus casas podía un pueblo antiguo

surgir del suelo, así, sin más, sacando

arena en cada pala; hasta que supe

que no era tierra sino tiempo muerto

lo que con tiempo a cubos se sacaba.

 

Forma de estatuas damos siempre al tiempo,

piedras de arte que sirven de veneros

y camino a través de lo que fuimos.

 

Llorar sonrisas, darle forma al agua,

perderme en mí por culpa de una rosa,

en papeles -o pétalos: efímeros-

son estatuas de mero barro tierno

expuestas a la lluvia en que consisto

que se pierden igual que yo me pierdo

en hojas, en palabras, en silencios.

 

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Cubierto con mi manto de tormenta

Cubierto con mi manto de tormenta

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Un hombre y un poema

Quita lo escrito, aleja las palabras

que la voz de mis manos derrotaron

y a este papel trajeron; y mis pasos,

mis pasos resonando en las estancias

vacías que dejé entre las estrofas

del silencio. Disuelve los cimientos

que sustenta mi propio acento gris.

 

Y verás que tan sólo queda un hombre

sosteniendo, como agua, entre sus dedos

este poema azul que aún no sabe

-pero que ya comprende- componerlo.

 

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Mis manos que no ocultan nada

Mis manos que no ocultan nada

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Coda

 

Para ti no tendré secreto alguno.

Canto con lo que tengo: azul mi voz,

acento de ceniza y son antiguo.

Desde este mar anciano escribo lleno

de edad que da licencia a mi mirada,

siempre cautiva al suelo que no veo,

para ser enturbiada con las lágrimas

que no me quedan, voluntariamente,

sin yo quererlo, y que de tanto tiempo

como llevo perdido abajo, siempre

viendo los pies que me andan, miro adentro.

Allí sí veo el tiempo regresado

que aquí te traigo envuelto en la tristeza

de papeles vacíos de palabras,

de los verbos que soy; tiempo invertido

del que extraigo sosiego y calma trémula.

Tan sólo un adjetivo no encontrado

(mi perpetua condena) me define

y que obstinado busco en mí; perdido

en un mar de metáforas indago

y todo es para nada. Todo arena

que cae de entre mis manos. Lento me hundo

sin remedio en el miedo que me abriga,

en la certeza rota por las voces

con las que cubro y tapo incertidumbres.

Sólo queda mi aliento usado, aquí,

enredado en los versos que te entrego

por si sirvieran de algo. Mientras, sigo

buscando, mareando. Tan perdido.

 

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Símbolo clarísimo de la cárcel abierta que me encierra.

Símbolo clarísimo de la cárcel abierta que me encierra.

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Agorafobia

"Mi alma es la ventana donde muero."

Juan Eduardo Cirlot.


Es la ventana, mi alma donde muero

con pasión galilea. Mi alma menos

mi humilde estancia abierta por mis libros

y para mí tan ataúd oscuro

en donde yago en soledad suicida.

 

Debo de estar tan cerca cuando escribo

del mar y la mujer andando, sola,

que pienso y muerdo el polvo, arrepentido

de haber salido fuera del poema

que te entrego, en la lengua que no es mía,

tan conocido, tan sencillo y jondo,

unas simples palabras que me ocultan,

muro de incertidumbre que me abriga

y no es más que por eso porque escribo.

 

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Y hubo luz. Tarde, pero hubo.

Y hubo luz. Tarde, pero hubo.

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 La luz

La que todas las cosas me hace ver

(aunque a veces me ciega), fulgurante

siempre, esa luz no digo. Me refiero

a la que alumbra en la palabra,

la que se halla encendida dentro de ella,

la que anuncia tan suave que he seguido

el camino que lleva a lo que soy;

la luz medida, gálibo de mí.

Luz de luz que ilumina mis insomnios

tremendos y transforma en esta arena

que esparzo en mí las horas más oscuras.

Siempre callada, siempre oculta, salta

en mi mente, cual chispa, en soledad.

Esta luz es culpable de que gaste folios

de agua, papeles para nada, mudos

e ignorados -¿me alumbra sólo a mí?-.

Prende mis versos con mi propio acento

en balde. Pero no me quejo, no.

Sin ella, la lucerna en que consisto,

este fanal que me define, yo,

-que no soy más que lo que escribo aquí-

sería aún más nada. Y no tendría

nada ningún sentido. O casi nada.

A ella me aferro con las pocas fuerzas

que un suspiro me da y, de forma tenue,

me permite decir lo que no digo.

Existe, sé que existe, allí en mi voz,

vestida de palabra; aquí, conmigo.

Sólo por eso aquí me escribo. Solo.

 

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Del árbol de la ciencia del bien y del mal.

Del árbol de la ciencia del bien y del mal.

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 Manzanas rojas

Dame tú la agonía de la espera,

gota a gota, palabra tras palabra,

que yo pondré mi tiempo rezumado

en desorden perfecto, atado al péndulo

que asevera el regreso de lo sido

en mí, al de mi huida a sueños

que sirvan de refugio a mi letargo.

 

Dame tú la agonía del destiempo;

de estar desubicado al confundir

la palabra que busco tan despacio;

de perderme entre luces que me obligan

a mantener los párpados cerrados

-por eso es que mi voz es como arena

que cae por mis labios agrietados-.

 

Dame tú la agonía con palabras

que duermen en la larga espera elástica

y déjame inventar pasiones trémulas

cuando hagamos amor después de habernos

comido una manzana juntos.

                                              Roja.

 

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Lo siento, Eco, lo siento...

Lo siento, Eco, lo siento...

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 Narciso

Sé tantas cosas que hasta sé las cosas

que no sé y que en las aguas te transcribo.

 

Lentamente -si en aguas te transcribo-

las cuencas de mis manos me ayudaron

a beber la tristeza sorbo a sorbo

de la fuente de versos que frecuento

donde suelo aliviar la sed tremenda

que siento de belleza en la palabra.

 

Al sentirla en mis labios, súbitamente se abren

mis manos en flabelo derramándose aquello

que no sé en lo que sé.

                                         Y así te escribo.

 

Y yo mismo me engaño con el sueño

que sentí; y que en las aguas queda escrito.

 

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Queda citado el engaño para hoy... perdón... quise decir el rebaño...

Queda citado el engaño para hoy... perdón... quise decir el rebaño...

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Diado lunes pastoril

Ya vestida la mies de limpio, el agua

ordenada en sus nubes, suelto el viento,

sólo queda colgar sobre los cielos

mis cuervos de los lunes. -No te olvides

de traer tu sendero, tu derrota

y alguna que otra lágrima en tus ojos

que enturbie las siluetas- me decía

-para así confundirnos. Y entendernos-.

 

De qué lunes me estoy hablando; qué ojos

mirarán la tormenta que no cuento.

De qué pájaros me hablo; de qué cielos.

 

Todo para mentirme en un papel

que no es de nadie y nada va a salvar.

Los graznidos alegres de los grajos

vuelven al llanto cruel, al de sin lágrimas,

que abrigo con mis manos como arena

caliente -extraña sensación querer

sujetarme a mis propias manos, a ambas-

y amapolas que están siendo arrojadas

sobre el cadáver que me aguanta y teme,

que poco a poco cae encima, así,

lenta, como a mansalva, así de lenta.

 

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Grises. Pero juntas.

Grises. Pero juntas.

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Amapolas grises

Como el que en agua escribe,

con la tinta que soy

y usando versos que otros derramaron,

mis amapolas grises te describo

inventando palabras tan azules

que nadie -mas que tú en el folio en blanco

que fuiste- entiende. O no.

 

Y es que el papel vacío me permite

decir lo que mis manos, en ti, no te supieron.

 

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