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Desde mi infierno

Irrealismo VI

Para nada sirvió el conjuro nocturno

Para nada sirvió el conjuro nocturno

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Los ojos que no me miraron

Intenté acristalar en mi sentido

la niebla pronunciada por mis manos

y así evitar de nuevo abrir las puertas

al duelo lento que se oculta en medio

de lo que soy (muy dentro) y lo que no.

La oscuridad me hablaba lluvias grises;

yo olvidaba mi manto de tormenta.

Yo ya no puedo ver azafranales

en lo que escribo y soy. Pero esta Luna

que acompaña la noche me está haciendo

agua todos los vidrios del sentido

y me hace ver que pertenezco al Hombre,

y que la Luna es roja, el cielo verde,

y veo negro todo lo demás.

                       

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Todo el tiempo -en versos- fue en vano.

Todo el tiempo -en versos- fue en vano.

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Lenta despedida

"¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!"

Gustavo Adolfo Bécquer


¡Qué sola vaga mi vivida muerte!

 

¿Y quién mejor que yo para vivir

mi única y propia muerte? ¿Y quién mejor

para morirla?

                       De los tipos -todos-

de soledades que hay, sólo el poeta

las siente todas;

                             y esta -incluso- absurda

soledad inventada y desdeñada

(tan viva) que el saber que el tiempo -en versos-

fue en vano me produce.

                                          ¡Dios, qué solos

se quedan los poetas que, aún vivos,

se sienten muertos! ¡Dios, qué solos!...

                                                                  Sólo.

 

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Contar qué siento y que no sé.

Contar qué siento y que no sé.

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Atado al fino umbral del duelo

"... cuando siento no escribo."

Gustavo Adolfo Bécquer

Atado al fino umbral del duelo, atado

por la tanza que trenzo con mi aliento,

solo, vivo; o, tal vez, aquí muriendo.

 

Ya nada dice el hombre que no sepa.

Nada ya. Ningunean sus palabras

lo que soy en mis oídos.

                                         Y eso escribo

-ardua tarea es el contar qué siento

y que no sé-.

 

                        Si siento, no te escribo;

si escribo, no te siento. Incertidumbre

es mi nombre y mi símbolo. Mi signo

son estas amapolas grises que, antes

de que sangren sus lágrimas de mar

y espera en mí, desalentado dejo;

y te derramo aquí, sujeto al fino

umbral que te separa a ti del duelo.

 

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La castellana siempre perdiendo...

La castellana siempre perdiendo...

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La cruz a contraluz

(Por alboreá)

I


La luna ha salido

y no puedo verla;

la oculta tu cara;

la cubre mi pena.

 

¡Costaleros, echadlo a tierra!

 

¡Dejadlo que me lo alumbre

la luna llena!

 

II


Y -al verte clavadas

tus manos, tus piernas-

la luna ha salido

y ni puedo verla.

 

¡Costaleros, llevadlo a cuestas!

 

¡Llevadlo que su familia

siempre le espera!

 

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Dí qué escribo...

Dí qué escribo...

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Un folio

Yo, este carmen, lo siento.

Me sumo en ese aroma

de hojas secas mojadas.

De la fuente del sueño

encharcado de otoños

de donde el tiempo brota,

tornándose en sonidos

que guardo entre silencios,

saciar mi sed pretendo.

 

Esto tiene este carmen

y pocas cosas más:

pasiones en macetas

con flores de tristeza,

una mesa de mar,

el lápiz de mi huida

y una silla de enea

desde donde navego.

¿Qué escribo? ¿Dí qué escribo?

 

Si un folio es la cancela

del carmen que frecuento

y al que, entre estos barrotes,

azulmente me asomo,

¿qué escribo?,  ¿dí qué escribo

si entre herrajes lo siento?

 

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Deja siempre para mañana lo que puedas escribir hoy.

Deja siempre para mañana lo que puedas escribir hoy.

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Para mañana

Hoy, con todo mi tiempo a cuestas, pienso

en ese instante en el que no pesaban

las palabras que antaño definían

este proyecto de hombre humilde y solo;

en la época en que estaba liberado

del yugo de mi mesa, del papel

en blanco y de este lápiz que alumbraba,

muy tenue, con la luz en que consisto.

 

Mañana, cuando el brillo se disipe,

cuando me piense allende adentro, triste

derramaré palabras en suspiros

que entre versos recojo asiduamente

para atisbar qué forma tiene el tiempo

y así poder contar en un poema

esto que ahora soy y que estoy sintiendo.

 

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Mi ventana, símbolo clarísimo de la cárcel abierta que me encierra.

Mi ventana, símbolo clarísimo de la cárcel abierta que me encierra.

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Soledad


Soy solo, o soy nostalgia del sonido

de las palabras que disuelven miedos

desalentados, miedos que me invento

y revelo entre versos ignorados.

 

¿Dónde habitan los que hablan mis palabras;

dónde los que mi lengua entienden? ¿Dónde?

 

De allí provienen voces que comprendo,

que en mi memoria acristalada incrusto;

y silencios que atisbo acompasados

sin entender siquiera lo que siento.

 

De allí, la luz que -absorto- me hace ver

que escribo lo que el tiempo me concede:

la certidumbre -irremediablemente:

la verdad- de que soy mi soledad.

 

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Y es contar, y contar, y contar...

Y es contar, y contar, y contar...

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La noche oculta

Inventar soledades,

sé que hacer poesía

es crear soledades

-refugios- con tu voz;

encantos que no existen

y que tan obstinado

buscas -no obstante- en vano;

inventar el espacio

y urdir en él, con hilos

del tiempo que rebrota

en arroyos llovidos

por nubes de pañuelos

blancos, tu propio abrigo;

sé que hacer poesía

no es más que darle forma

-otra forma- a la lágrima

que humildemente intenta,

por fuera, definirte;

moldear con tus manos

el llanto que tu acento

encierra y que, en palabras,

al miedo abierto viertes.

 

Y es contar;

                     y contar

que ocultas tanta noche

tras este matorral

de versos por espinas

así, de esta manera.

 

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La soledad del miedo

La soledad del miedo

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Tengo

Tengo una imagen nueva que es un río

transparente y azul, helado y calmo.

 

Tengo el vacío blanco necesario

para saber del miedo, aquel translúcido,

el que no ves y sientes siempre adentro.

 

Tengo el tiempo gastado, encadenado

y echando sus raíces en mis manos

de estatua antigua de granito muerto.

 

Tengo el miedo del tiempo siempre adentro,

el miedo del pasado y del futuro,

de un calmo y frío azul granito muerto.

 

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