Se muestran los artículos pertenecientes al tema Irrealismo VIII.
De la palabra no irredenta

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Olvidando lo oscuro
No es hermoso escribir este poema,
ahora que el olvido va encendiendo
lo oscuro, sin saber que al escribir
se es consciente del tiempo que ha pasado
por uno mismo; de uno mismo en sí.
Yo seguiré escribiendo iguales cosas
que nadie entienda a ser sentidas dentro:
del precio que tenemos que pagar
por saber que tenemos que pagar
ese precio; de amparos en palabras
surgidas de la angustia de un sin fin
de fines que ya llegan; de esperanzas
como aguas que se secan en mis manos
-me temo- por mi propio aliento gélido;
de certidumbre y desamparo inútil;
de la verdad que no he vivido aún…
Y no puedo escribir sobre las cosas
que sí he sentido, donde sí hay respuesta
a tanto llanto escrito para nada,
de una vida gastada y sin historia,
con un final que ya me está asumiendo.
No es hermoso escribir este poema.
No me pidas que te hable de la muerte,
mi vida.
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Perdido en mí por culpa de una rosa

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El poema buscado
Hay un poema que me esconde dentro,
un proyecto de tiempo acompasado,
una parte de mí que aún no encuentro.
Hay un poema del que me sostengo
y me aferra al papel oscuramente,
una parte de mí que aún no siento.
Un poema que vuelve a lo vivido,
que quiebra con mi tiempo mi silencio,
soportado en palabras encendidas
que pretenden prender perpetuos páramos
para dejar constancia de lo humano
y lo poético; un poema amargo
como el tiempo que, gris, se va gastando;
que vive entre mis miedos olvidados
-donde hallo mi sustento-, y que lo soy.
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Las palabras pactadas

---oOo--- Mis monedas de sangre Me parece mentira tanta arena derramada en palabras mal escritas, tanto tiempo acabado, tanto amor deshabitado que he portado tristemente cuesta arriba de mí sintiendo tanto desaliento pueril y desamparo. No parece que sea cierto tanta desidia alumbrando las manos que sostienen el duelo de unos ojos mudos viendo silencios rebrotando de mi boca, tanto llanto agotado; tanta nada. Ya no me están iluminando luces de bohemia, alegría de mis aguas oscuras mojando páginas no escritas nunca. Tanta mentira, tanto engaño propio… No parecen que sean de verdad tantos poemas tan antiguos llenos de despojos, retales de mí mismo; tanta lágrima seca entre las grietas de mi rostro de estatua muerta, usando mi soledad –la más antigua y dura de todas mis defensas- para darme como adepto y poder pagar así nuestro precio pactado, lo debido, mis monedas de sangre, tanta muerte. __________________
El verdadero muro de las lamentaciones

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Sordomundo
Hacia qué paramera
me encamino,
qué rosas del desierto
en mí cultivo,
qué aguas oscuras vierto,
qué aires tiño,
qué silencios pronuncio
en lo que digo.
Qué palabras gobiernan lo que soy,
qué tiempo agotas cuando estás conmigo,
qué música es la que oigo displicente,
qué indiferencia nace en todo olvido.
Qué luz ya sin aliento en mí se apaga.
Qué sordo el mundo ante mis propios gritos.
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Un prado salpicado de amapolas

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Perdido en la palabra libro
Tiene libros como hombres en vitrinas,
paraísos oscuros donde intenta
encontrarse encontrándome, escribiéndose
las mismas cosas que ellos se escribieron.
Solo en la soledad de un libro abierto
trenza los hilos que unen la tristeza
con el papel usando poesía.
Se registra en palabras que aprendió
a leer, superados los cristales
del silencio, al quitarse sucios años
de encima con sus libros entendidos;
años de pesadumbre, miserables.
Y ahora, se refugia en esos libros
de agua, mojados, para nada y nadie,
cuando no sabe que anda en mí perdido.
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Como en todos los versos anteriores

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Presagio
Buscas una respuesta escrita en todas
las soledades brunas, letras sucias
de barros de dolor en duelos áridos
que atoran con palabras todo cauce
que antaño el pensamiento cavó desalentado
impidiendo que viertas la criatura
que brota de tu mente en el poema
en el que escindes, el que sigues siendo
ahora.
Todo tú lo poesías
oscureciendo lo que sientes dentro
de tu propia tristeza, la que sigues
dando cuando me das la soledad
que tanto me sustenta escrita aquí,
la que me hace que forme parte de ella,
en la que vivo y soy cuando se para
el tiempo que ha pasado y ya no existe;
cada verso que escribes.
Todo tú
lo poesías de simientes yermas
que han tornado a cipreses con tu esmero
creándote tu propio cementerio
donde esparcir ceniza al cenotafio
del que no formas parte.
Ahora todo
reverdece de vida iluminada
con la luz que te entrego en versos libres
de oscuridades inventadas, claros
en tu conciencia, para no existir
salvo dentro de ti y de nadie más.
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Y yo, que soy inocente

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Mentiras
Todo es mentira alrededor de mí.
Ahora que las sombras me derrotan,
que se han borrado todas mis palabras,
mi mesa, mentirosa como un preso
que se sabe culpable y que proclama
su inocencia, me miente con cenizas;
mi lápiz, con palabras para nadie;
y los papeles, cómplices de engaño,
con no ser yo el que escribe mis poemas
sino el que está viviéndolos.
Mentiras.
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Refugiado en mi olvido

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El tiempo de papel
Nunca creí que alguna vez pudiera
odiar un libro. Más que me obstiné
en convencerme que era el paso cruel
de mi tiempo –que va apagando fuerzas
propias de juventud-, por más que quise
derramar mis recuerdos como gotas
sobre papeles rotos e inservibles,
por más intentos por estar en paz
con mi muerte, esperándola desnudo
e inmerso en llantos –tal y como vine-,
por más que lo acuné entre las cadencias
que envolví con palabras propias, más
que quise que lo amaran como yo
lo amé sin darme cuenta de que no era
susceptible de ser amado hasta ahora,
un libro donde el tiempo fue hemorragia
de lo que quiero prescindir de mí,
donde aparezco igual que en el espejo
que refleja la imagen luminosa
de aquello que desdeño ser, la parte
de mí en donde no quiero estar, mi miedo
escrito con la tinta que mi tiempo
me otorga; un libro mudo y quieto, en blanco,
lleno de nada y duelos e ilusiones
que ansiaba compartir; un libro muerto
antes de que naciera, que recoge
lo que soy cuando escribo, nuestras nadas
compartidas con nadie; inexistente.
Nunca creí que alguna vez pudiera
odiar un libro usando poesía,
el que me hace sentir abandonado,
lleno de soledades inventadas,
de humos de lo que fui, de lo que soy.
Ahora, arrepentido, sé que nunca
tuve que haberlo escrito, que tenía
que haber dejado al tiempo que pasara
de largo ante el papel que me define
y seguir refugiado aquí, en mi olvido.
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Dentro de ti me busco

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Entre los dos castigos
Ahora me dirás de mi abandono,
me hablarás del transcurso de mi miedo
a través de los cauces de mi vida
gastada, y me dirás que en el brevísimo
espacio de un descanso no has podido
entregarme los dos o tres poemas
de flores que a los pies de mi ventana
dejaste, ahora ya marchitos, secos
ramos de versos muertos por el hambre.
Ahora me dirás de infiel, que voy
y vengo a mi silencio y no te aviso,
que no sabes del cuándo de mi vuelta,
ni tan siquiera si la habrá o si no,
que me llevé mi tiempo envuelto en nada
en lugar de mi libro de tristeza;
y eso te asusta, te levanta el miedo
de carecer de manos que te escriban.
Dirás que abandoné la mesa grande
donde solíamos hacer poemas
entre una multitud de libros viejos,
que el folio sigue en blanco y se ha enfriado
la tinta ardiente de la pluma. Ahora
dirás que desperdicio vientos grises
en empujar las velas de la balsa
que con palabras he construido en vez
de utilizarlos para oscurecer
lo que siento y que lloro, lo que escribo.
Y no dirás que sabes la respuesta
a la irrealidad que me define
y en la que ando indagando desde siempre
por su mar, por su arena, por sus vientos
de tinta, donde no hay respuestas a
de dónde son mis versos, dónde estoy
cuando escribo, por qué esta absurda búsqueda
en saudad de tristeza hallando nada,
qué poesía busco, qué palabras.
Dirás y no dirás las cosas de antes
mientras yo te sonrío levemente.
Son el castigo de sentirte siempre
como te siento y el de no escribir
lo que hacen que te elija a ti de nuevo
ahora que he sufrido ya los dos.
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El último capuzón

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Alegoría gris
Todos tenemos un infierno propio
de donde brota la tristeza; un mundo
de papeles quemados en lugar
de brasas encendidos con la brea
de este mar de ceniza gris poema
que mis manos de acróbata sostienen,
donde se hunde mi barco, donde me hundo,
sin remedio, sin nada salvo un lápiz
que me vaya ayudando en toda mi huida;
un lugar imposible donde encuentro
demasiados poemas sobre versos
y demasiados versos de poemas
con forma de árboles o flores secas;
un mundo iluminado por el tiempo,
cuyas sombras son frases que provienen
de unos labios ocultos tras los pliegues
sueltos de una cortina leve de humo
que se sabe que se halla diluyéndose;
donde el único canto es de sirenas,
como el que acabas de leer, el mío;
y al que jamás querría regresar.
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