Se muestran los artículos pertenecientes al tema Irrealismo IV.
Para nada sirvió el conjuro nocturno

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Los ojos que no me miraron
Intenté acristalar en mi sentido
la niebla pronunciada por mis manos
y así evitar de nuevo abrir las puertas
al duelo lento que se oculta en medio
de lo que soy (muy dentro) y lo que no.
La oscuridad me hablaba lluvias grises;
yo olvidaba mi manto de tormenta.
Yo ya no puedo ver azafranales
en lo que escribo y soy. Pero esta Luna
que acompaña la noche me está haciendo
agua todos los vidrios del sentido
y me hace ver que pertenezco al Hombre,
y que la Luna es roja, el cielo verde,
y veo negro todo lo demás.
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Todo el tiempo -en versos- fue en vano.

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Lenta despedida
"¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!"
Gustavo Adolfo Bécquer
¡Qué sola vaga mi vivida muerte!
¿Y quién mejor que yo para vivir
mi única y propia muerte? ¿Y quién mejor
para morirla?
De los tipos -todos-
de soledades que hay, sólo el poeta
las siente todas;
y esta -incluso- absurda
soledad inventada y desdeñada
(tan viva) que el saber que el tiempo -en versos-
fue en vano me produce.
¡Dios, qué solos
se quedan los poetas que, aún vivos,
se sienten muertos! ¡Dios, qué solos!...
Sólo.
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Contar qué siento y que no sé.

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Atado al fino umbral del duelo
"... cuando siento no escribo."
Gustavo Adolfo Bécquer
Atado al fino umbral del duelo, atado
por la tanza que trenzo con mi aliento,
solo, vivo; o, tal vez, aquí muriendo.
Ya nada dice el hombre que no sepa.
Nada ya. Ningunean sus palabras
lo que soy en mis oídos.
Y eso escribo
-ardua tarea es el contar qué siento
y que no sé-.
Si siento, no te escribo;
si escribo, no te siento. Incertidumbre
es mi nombre y mi símbolo. Mi signo
son estas amapolas grises que, antes
de que sangren sus lágrimas de mar
y espera en mí, desalentado dejo;
y te derramo aquí, sujeto al fino
umbral que te separa a ti del duelo.
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La castellana siempre perdiendo...

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La cruz a contraluz
(Por alboreá)
I
La luna ha salido
y no puedo verla;
la oculta tu cara;
la cubre mi pena.
¡Costaleros, echadlo a tierra!
¡Dejadlo que me lo alumbre
la luna llena!
II
Y -al verte clavadas
tus manos, tus piernas-
la luna ha salido
y ni puedo verla.
¡Costaleros, llevadlo a cuestas!
¡Llevadlo que su familia
siempre le espera!
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Dí qué escribo...

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Un folio
Yo, este carmen, lo siento.
Me sumo en ese aroma
de hojas secas mojadas.
De la fuente del sueño
encharcado de otoños
de donde el tiempo brota,
tornándose en sonidos
que guardo entre silencios,
saciar mi sed pretendo.
Esto tiene este carmen
y pocas cosas más:
pasiones en macetas
con flores de tristeza,
una mesa de mar,
el lápiz de mi huida
y una silla de enea
desde donde navego.
¿Qué escribo? ¿Dí qué escribo?
Si un folio es la cancela
del carmen que frecuento
y al que, entre estos barrotes,
azulmente me asomo,
¿qué escribo?, ¿dí qué escribo
si entre herrajes lo siento?
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Deja siempre para mañana lo que puedas escribir hoy.

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Para mañana
Hoy, con todo mi tiempo a cuestas, pienso
en ese instante en el que no pesaban
las palabras que antaño definían
este proyecto de hombre humilde y solo;
en la época en que estaba liberado
del yugo de mi mesa, del papel
en blanco y de este lápiz que alumbraba,
muy tenue, con la luz en que consisto.
Mañana, cuando el brillo se disipe,
cuando me piense allende adentro, triste
derramaré palabras en suspiros
que entre versos recojo asiduamente
para atisbar qué forma tiene el tiempo
y así poder contar en un poema
esto que ahora soy y que estoy sintiendo.
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Mi ventana, símbolo clarísimo de la cárcel abierta que me encierra.

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Soledad
Soy solo, o soy nostalgia del sonido
de las palabras que disuelven miedos
desalentados, miedos que me invento
y revelo entre versos ignorados.
¿Dónde habitan los que hablan mis palabras;
dónde los que mi lengua entienden? ¿Dónde?
De allí provienen voces que comprendo,
que en mi memoria acristalada incrusto;
y silencios que atisbo acompasados
sin entender siquiera lo que siento.
De allí, la luz que -absorto- me hace ver
que escribo lo que el tiempo me concede:
la certidumbre -irremediablemente:
la verdad- de que soy mi soledad.
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Y es contar, y contar, y contar...

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La noche oculta
Inventar soledades,
sé que hacer poesía
es crear soledades
-refugios- con tu voz;
encantos que no existen
y que tan obstinado
buscas -no obstante- en vano;
inventar el espacio
y urdir en él, con hilos
del tiempo que rebrota
en arroyos llovidos
por nubes de pañuelos
blancos, tu propio abrigo;
sé que hacer poesía
no es más que darle forma
-otra forma- a la lágrima
que humildemente intenta,
por fuera, definirte;
moldear con tus manos
el llanto que tu acento
encierra y que, en palabras,
al miedo abierto viertes.
Y es contar;
y contar
que ocultas tanta noche
tras este matorral
de versos por espinas
así, de esta manera.
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La soledad del miedo

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Tengo
Tengo una imagen nueva que es un río
transparente y azul, helado y calmo.
Tengo el vacío blanco necesario
para saber del miedo, aquel translúcido,
el que no ves y sientes siempre adentro.
Tengo el tiempo gastado, encadenado
y echando sus raíces en mis manos
de estatua antigua de granito muerto.
Tengo el miedo del tiempo siempre adentro,
el miedo del pasado y del futuro,
de un calmo y frío azul granito muerto.
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